A veces no hay mucho más
que salir a dar una vuelta.
Ir a fumar tabaco a la plaza,
sin llevarse el celular,
ni un libro, ni nada.
Solo tabaco en la plaza,
mirando el horizonte,
la nada, un punto.
Habitar la soledad
como único lugar ineludible.
Habitar la soledad
como un descanso,
como un silencio.
Habitar la soledad
como un refugio y encuentro.
Un encuentro con lo divino,
un encuentro con lo eterno.
Una pausa
para encontrarlo todo
en un instante.
A veces no queda más,
no queda otra
que observar,
que observarse.
Dejar pasar los pensamientos,
habitar el sentimiento,
rezar.
A veces no hay más que esto,
este momento,
con esta fuerza o este cansancio.
Con esta alegría o esta pena.
Con este amor, con este miedo,
con este dolor, con este gozo.
Es un jolgorio el aire,
la tierra, el fuego y el agua.
A veces no hay más que lo que hay,
y lo que hay puede ser suficiente.
El lugar al que tanto anhelo llegar
bien podría ser este en el que estoy.
No hay otro, no hay mejor,
esto es lo mejor, lo que es.
A veces no hay más que palabras,
y a veces no hay palabras.
A veces las palabras enriedan,
y a veces desatan.
Con este tabaco
voy a seguir agradeciendo
por todo lo que va aconteciendo,
y así todo pasa.
Y así todo va pasando,
y así todo llega.
Más lo que llega
quizás no es lo que esperaba.
Pero no pierdo la esperanza
de que quizás
esto sea lo mejor.
De que todo lo que pasa,
pasa para bien.
Porque estoy entregado
a lo que la vida quiera de mi.
Porque me guía el corazón
que no entiende de razones.
Habla con sensaciones,
ya voy entendiendo su lenguaje.
Dios quiera
que siempre tenga el coraje
para entregarme a su guía,
como una promesa divina
de que el corazón nunca miente.
Sabe navegar las corrientes
en la calma y en la tormenta.
Corazonsito mío,
sos el comandante de mi vida.
Entregado estoy a tus latidos,
porque por ellos vivo.
Por eso vengo a la plaza,
para encontrarme a solas contigo.