Hay cosas que son tan valiosas, que no se pueden compartir por las redes sociales. Hay cosas que no son para contarselas ni para mostrárselas a todo el mundo.
Hay fotos que no se pueden publicar. Son más para revelarlas y tenerlas ahí en la mesita de luz, en el altar. Son para atesorarlas en el corazón y contemplarlas cuando estamos tristes, para que nos recuerden la alegría y el amor de ese momento, para que con su valor, nos devuelvan a la vida.
Hay pensamientos que no son para escribirlos acá, en un post. Son para hablarlos íntimamente con un amigo o amiga, comida y mate mediante, si se quiere con un vino que afloje, un tabaco que ordene. Hay pensamientos que vienen del sentimiento, y que brotan cuando el corazón se abre. Y el corazón se abre cuando las condiciones son aptas, cuando uno se siente cuidado, acompañado, cuando quiere entregarse al otro en secreto, en intimidad, sin que todo el mundo escuche.
Hay canciones que no son para cantar en cualquier momento, ni para colgarlas en una plataforma. Son canciones demasiado especiales, demasiado profundas, demasiado delicadas. Son canciones para tenerlas ahí en el canasto, listas a salir a los 4 vientos cuando la situación amerite, cuando el fuego lo pida, cuando se precise.
Hay paisajes que no son para fotografiarlos, porque en cuanto uno lo hace, se los pierde. Hay atardeceres que no caben en un video, hay sentimientos que no caben en las palabras.
Por eso hay que cultivar ese silencio que todo lo abraza, esa mirada que todo lo dice, ese suspiro que todo lo explica. Hay que volver ahí, a ese vacío que contiene todo, esa quietud que supera la fuerza de todo movimiento.