lunes, 31 de octubre de 2016

Martín

En ese momento, era Martín. Nadie más que Martín quería yo ser. Mi vida, mi espejo, mi cuerpo hubiera dado por ser Martín. Todo era silencio cuando él cantaba. Martín era el momento mismo. Nada más, nada menos. Martín no necesitaba nada. Sonreía y no se daba cuenta. Era feliz y no se percataba, por eso era feliz. De repente, me di cuenta... ¡yo era Martín! Estaba ahí, en lo alto de la tarima invisible, del razonamiento inexistente, de la angustia emitida. Explotaba de energía, salía como un volcán de pompas de jabón por mi garganta, la inundaba, poder puro. Me sentía vivo, parte de todo. Estaba donde tenía que estar. Si de todos los tiempos y lugares, hubiera solo uno en el que yo debiera estar para mantener el orden universal del cosmos, ese sería el lugar. Era mi ser, en toda su liberación. Y todos iban de la mano, de mi mano. Una mano que iba con las de ellos, éramos uno. Era Martín, era él. Y Martín, en ese momento, era la felicidad hecha cuerpo.

jueves, 20 de octubre de 2016

El cielo se desmorona

El cielo se desmorona,
se cae a pedazos.
Se suicida
solo para nosotros.
El cielo se desmorona,
apaga su velador,
baja la térmica,
manda a las nubes a casa
para que se mojen en el camino
y lleguen a su hogar,
agarren una toalla,
sequen sus melenas blancas esponjosas
y se sacudan,
y sean libres danzando mojadas
porque el cielo se desmorona,
y no es tarde,
sino que es exactamente preciso.
Es una lluvia exacta;
cada centímetro cúbico sabe donde y cuando caer
ya que el cielo se desmorona,
se quiebra en llanto,
hace nacer una ducha sin canillas,
sin fierros,
sin cloro.
Es una ducha que viene del primer mundo,
y no hablo de países,
sino de la lluvia primera,
la ducha original,
el baño que el cielo hace nacer para nosotros,
para que te vea venir a lo lejos
por la misma cuadra,
o la cuadra de enfrente,
y cruce, ajeno a toda duda,
mojándome feliz, mojándome más todavía,
y te reconozca a lo lejos
y vos me reconozcas a mí,
me analices y me sientas dentro tuyo,
sin aún tocarnos,
como yo te siento dentro solo al verte,
y te invite:
¡Vení a mojarte conmigo!
¡Dancemos bajo la lluvia!
¡Respiremos bajo el agua!
Dame tu mano
y creemos un momento único,
un momento irrepetiblemente fugaz.
Creemos un momento jamás creado,
deborémonos los labios en un beso bien ruidoso,
bien húmedo,
un beso como debe ser,
un beso con B mayúscula,
un beso que te haga saber cuántas ganas,
cuántas ganas,
cuántas ganas había
mientras nos fusionamos en un abrazo subacuático.
Dejá caer todas tus bolsas y entregate a este momento,
que cada gota de esta lluvia
está cayendo para nosotros.

lunes, 17 de octubre de 2016

La pared y la mariposa

El tiempo es un actor que interpreta eternamente el papel de divisor de caminos. Yo soy parte de una tribu, o al menos lo era. Vagábamos, cual manada, por el desierto. Era tal el ocaso de esa tarde y el naranja del cielo era tan igual al naranja de la arena del suelo, que parecía no haber horizonte, parecía no haber un sol pero aun así no ser de noche. Vagábamos, como por nada, como por todo, como si ignoráramos completa y absolutamente el paso del tiempo. Recuerdo que estábamos caminando todos juntos, encontrándonos a cada segundo hasta que apareció cierta mariposa de ciertos colores extraños, como si hubiera sido pintada por un artista de otro mundo. Voló hacia nosotros, y de repente, de la nada misma, se trazó ante nosotros una pared de un material llamativamente extraño. La mejor aproximación que puedo darles es "gelatina violeta claro", una pared de gelatina violeta claro, transparente. Pared que se estrenó en nuestra vida, pared nueva y virgen de teorías y errores humanos, errores contaminantes. En la tribu eramos varios, dormíamos todos bajos distintos techos. Nos encontrábamos para enseñarnos, para aprendernos. Íbamos, al menos hasta ese momento, hacia el mismo lado. El caso es que uno de nosotros se atrevió a tantear la gelatinosa pared. Apoyó su mano pensando en la pared, siendo la pared. Dio un paso mas allá y se decidió a intentar atravesarla, pero atravesarla no dificultosamente sino como si lo único que supiera hacer en el mundo fuera atravesar paredes gelatina, como si ya hubiera atravesado mil paredes gelatina, como si hubiera nacido para atravesar paredes gelatina, tan fácil lo hizo parecer. Se convenció de que podía pasar. Y pasó, ahora está del otro lado. Otro mas se atrevió, apoya, atraviesa, pasa. Ahora otro, apoya, atraviesa, pasa. Otro curioso, apoya, atraviesa, pasa. Pasaron todos, uno atrás del otro, como ideas en una mente. Hasta que quedé yo. Era mi turno de enfrentarme con esa pared, de conocerla, de transitarla, de degustarla, de sentirla, de atravesarla mientras me dejo atravesar por ella. Me acerqué, me apoyé, me uní a ella y.... no hubo caso. La pared se volvió totalmente sólida. A la vista era exactamente igual que antes, nada había cambiado. Pero ahora era completa y escalofriantemente sólida. "No puedo" fue lo primero que pensé. "No pertenezco al otro lado, hay todo un hemisferio que jamas podrá ser mio ni yo ser de él. Quiero pasar, nada mas quiero. ¿Qué tantas maravillas se esconden de ese lado? ¿Qué mas hay para escuchar? ¿Cuáles son los mensajes que no logro recibir? ¿Cuáles son las ideas que no logro decodificar? ¿Por qué soy tan ignorante y por qué me es tan difícil lo que para todos es tan fácil? ¿Por qué esta caída absurda, esta confesión patética y penosa de ejercicios matemáticos que a nadie le importan? Al fin y al cabo estoy solo. Todos habían pasado, juntos, sonriendo, pintando de color fácil a la vida. Los miré a través de la transparencia de la pared, sin saber que hacer, con la mirada desesperada y cargada de deseo y buenas intenciones. Ellos, del otro lado, se miraron, me miraron, son seres que miran, que gesticulan, que hablan, que transmiten pedazos de mundo. Algo ha cambiado, el aire lo dice. Me miraron de reojo, dijeron adiós con la boca cerrada (lo dijeron con los ojos), dieron media vuelta y se marcharon. Los vi alejarse en el desierto naranja como el cielo, hasta que en un momento, cuando estaban llegando a lo que para mi era el horizonte, para ellos su casa, pude ver como uno por uno, se convertían en ciertas mariposas de ciertos colores extraños, y volvían volando, directo hacia mi, directo a buscarme. Volvían directo a llevarme.

viernes, 14 de octubre de 2016

Victoria

Que victoria es ser el novio de Victoria, y que placer es estar a las 5 de la tarde en la vereda, tocando el timbre, de cara a su portón verde. Del otro lado del portón, está su casa, victoriosa, que te encara con un jardín de pastos cortos y dos plantas que parecieran ser copos de nieve gigantes, o cabelleras latinas (pero hechas de clorofila), dos plantas en el centro del jardín, acompañadas eternamente por piedras a sus costados, y plantitas más pequeñas. Observo a esas dos reinas desde el otro lado del portón, con ambos pies en este río de baldosas flojas, hoy secas, porque hoy no llueve. No, hoy hay sol. Un sol totalmente inimaginable. Imagínense el sol mas mágico, utópico y vital que puedan y ahora multiplíquenlo por el mismo. Es un sol de belleza al cuadrado, un sol de quimera. Ya toqué el timbre, y mientras espero, por al lado mio pasa un niño de pelo corto, de ropa ajustada, cachetón, vestido con tirantes de jean y una remera rayada, con un chupetin Mr. Pop de frutilla (al cual no le ha quitado todo el envoltorio, sino que se lo ha dejado puesto a la mitad del palito, invertido hacia abajo, como en una suerte de vestido que podría fingir ser un paraguas cerrado) y dice: "Hoy es el cumpleaños de Victoria". Ese niño es el vecino de Victoria. Nunca en mi vida lo vi, ni lo conozco, no sé quién es... pero es el vecino de Victoria, siento que es el vecino de Victoria, tiene que serlo. Y luego del pasar del niño, sale la madre de Victoria por el portón. Nunca en mi vida la vi, ni la conozco, no sé quién es... pero es la madre de Victoria, mi alma sabe que es la madre de Victoria, tiene que serlo. Me saluda, me invita a pasar, paso. Costeo las piedras cuales soles en el sistema solar del jardín de Victoria, doy un paseo, una semivuelta que me lleva a la galería de la casa de Victoria. Una galería que no tiene ni cuadros, ni mesa, ni sillas, ni nada. Solo está la abuela de Victoria. Como podrán imaginar algunos, o nadie, o todos, a ella tampoco la conozco, pero realmente sé que es la abuela de Victoria, yo lo sé, tiene que serlo. La saludo, sonriente como desde que toqué el timbre o desde antes quizás, no lo sé, y ella me saluda en un abrazo, cálido como el recuerdo de un cuerpo olvidado, y le confieso: "¿Usted sabía que esta casa es la casa donde vivían mis abuelos?" Y ella me contesta: "Sí, me contó Victoria, que increíble casualidad" y en ese momento, automáticamente, yo recuerdo cuando Victoria me contó donde vivía y yo le conté que esa casa, tiempo atrás, había sido de mis abuelos... Pero me detengo a pensarlo, y la verdad es que no recuerdo haberle contado a Victoria lo de la casa, pero siento que lo hice, sé que lo hice, tuve que haberlo hecho. Y luego de su abuela, ahí está Victoria, sentada lo mas cerca posible del ventanal semiabierto que da al fondo de la casa. Está posada en una silla enorme, sentada, con las rodillas elevadas hasta su pecho, abrazándose las piernas, con la mirada perdida en el fondo verde y soleado de vida, iluminado, encantado. A exactamente cuatro pasos de llegar a nuestro encuentro, ella hace un paneo con su mirada hasta llegar a mí, y abre sus brazos para recibirme en un abrazo y un beso, no sin antes decirme: "Gracias por venir", con un tono como asumiendo que ha sido para mi un sacrificio visitarla, como asumiendo que la decisión de ir a verla ha sido ardua y rendida, una decisión de rodillas al suelo, de cabeza agachada y mirada triste... pero no. ¿Cómo puede pensar eso? Si toda la historia del universo estuviera representada en la escala de un año, yo estaría siglos disfrutando del estar cerca de Victoria, estaría siglos simplemente mirándola, admirando semejante perfección, semejante belleza, semejante hermosura que es Victoria en sí, con sus labios finitos, que por alguna razón le dan un aire de cara de rata, la cual también es favorecida por sus dientes pequeños, y más aún cuando se ata el pelo. Hasta que conocí a Victoria, jamás había notado la belleza de las ratas. Victoria me recibe con un beso en la boca, como siempre. Pero me detengo a pensar, y empiezo a sospechar si Victoria alguna vez me había besado. ¿Victoria ya me había besado los labios antes, alguna vez? ¿Siquiera un mínimo roce de labios? Y me doy cuenta que Victoria, nunca, jamás, en toda mi vida, nunca en mis 20 años, nunca en dos décadas, en un quinto de siglo, nunca en 7300 días, Victoria jamás me había besado... hasta ese momento.
Lo he pensado mucho tiempo, lo he reflexionado hasta más adentro que las tripas, y es el día de hoy que aún no sé como pude haber siquiera respirado por primera vez en mi vida sin aquel beso de Victoria.

domingo, 2 de octubre de 2016

Al carajo

Al carajo con todo.
Al carajo con esta farsa hecha vida.
Al carajo con este empleo que asumimos, con estas reglas que seguimos.
Al carajo con cuidar mis palabras.
Al carajo con cuidar mi imagen para tener sexo.
Al carajo con la formalidad, con los modales, con pensarlo dos veces.
¿Qué mierda tienen que pensar?
Si va a estar todo bien, si no pasa nada, si tu existencia es tan insignificante como la mía y a la vez sos vos quien crea esta fantasía.
Al carajo con hacer la cama, con la ropa en el cajón, al carajo con el orden.
Al carajo con el auto, con la patente, con el seguro. Al carajo con llegar a tiempo, al carajo con hacer fila, con cortar boleta, con cerrar el sobre.
Al carajo con Macri, al carajo con Scioli.
Al carajo con el traje y la corbata.
¿Qué mierda hacemos usando ropa, cuando somos hijos del pasto?
Al carajo con mis hijos.
Al carajo con mis padres, que tuvieron una vida antes de mí, que se encontraron solos en este parque mundo de diversiones y ahora están ahí, mirando el noticiero todo el día.
Al carajo con el noticiero.
Al carajo con este país de mierda, con los países.
¿Qué mierda es un país?
Al carajo con los mapas.
Al carajo con las fronteras, líneas mentirosas, líneas aspiradas por la nariz, líneas aspiradas a la fuerza por todos nuestros maestros.
Al carajo con dormir.
¿Cómo hago para dormir tranquilo
cuando existo,
cuando se sabe de mi existencia,
cuando no sé qué voy a hacer,
cuando gasto tiempo escuchando palabras vacías salir de un pizarrón?
Al carajo con ellos.
Al carajo con los demás.
Al carajo con todos ustedes.
¿Qué mierda hago acá leyéndoles, tratando de que abran los ojos ante mi pensamiento, que suspiren, cuando en realidad yo soy una máscara igual que ustedes, cuando jamás van a poder ver por mis ojos ni estar en mi cuerpo?
Al carajo con mi cuerpo.
Al carajo con mis ojos.
Al carajo con mi voz.
Al carajo con este intento infinitamente fallido de conquistarlos.
Al carajo con el decir saber cuando no sabemos nada, cuando una estrella está más cerca que nuestra propia mano, cuando un disparo no se oye, cuando todo lo que sucede es una ilusión, y cuando todo lo que queremos hacer es mandar todo al carajo.