viernes, 14 de octubre de 2016

Victoria

Que victoria es ser el novio de Victoria, y que placer es estar a las 5 de la tarde en la vereda, tocando el timbre, de cara a su portón verde. Del otro lado del portón, está su casa, victoriosa, que te encara con un jardín de pastos cortos y dos plantas que parecieran ser copos de nieve gigantes, o cabelleras latinas (pero hechas de clorofila), dos plantas en el centro del jardín, acompañadas eternamente por piedras a sus costados, y plantitas más pequeñas. Observo a esas dos reinas desde el otro lado del portón, con ambos pies en este río de baldosas flojas, hoy secas, porque hoy no llueve. No, hoy hay sol. Un sol totalmente inimaginable. Imagínense el sol mas mágico, utópico y vital que puedan y ahora multiplíquenlo por el mismo. Es un sol de belleza al cuadrado, un sol de quimera. Ya toqué el timbre, y mientras espero, por al lado mio pasa un niño de pelo corto, de ropa ajustada, cachetón, vestido con tirantes de jean y una remera rayada, con un chupetin Mr. Pop de frutilla (al cual no le ha quitado todo el envoltorio, sino que se lo ha dejado puesto a la mitad del palito, invertido hacia abajo, como en una suerte de vestido que podría fingir ser un paraguas cerrado) y dice: "Hoy es el cumpleaños de Victoria". Ese niño es el vecino de Victoria. Nunca en mi vida lo vi, ni lo conozco, no sé quién es... pero es el vecino de Victoria, siento que es el vecino de Victoria, tiene que serlo. Y luego del pasar del niño, sale la madre de Victoria por el portón. Nunca en mi vida la vi, ni la conozco, no sé quién es... pero es la madre de Victoria, mi alma sabe que es la madre de Victoria, tiene que serlo. Me saluda, me invita a pasar, paso. Costeo las piedras cuales soles en el sistema solar del jardín de Victoria, doy un paseo, una semivuelta que me lleva a la galería de la casa de Victoria. Una galería que no tiene ni cuadros, ni mesa, ni sillas, ni nada. Solo está la abuela de Victoria. Como podrán imaginar algunos, o nadie, o todos, a ella tampoco la conozco, pero realmente sé que es la abuela de Victoria, yo lo sé, tiene que serlo. La saludo, sonriente como desde que toqué el timbre o desde antes quizás, no lo sé, y ella me saluda en un abrazo, cálido como el recuerdo de un cuerpo olvidado, y le confieso: "¿Usted sabía que esta casa es la casa donde vivían mis abuelos?" Y ella me contesta: "Sí, me contó Victoria, que increíble casualidad" y en ese momento, automáticamente, yo recuerdo cuando Victoria me contó donde vivía y yo le conté que esa casa, tiempo atrás, había sido de mis abuelos... Pero me detengo a pensarlo, y la verdad es que no recuerdo haberle contado a Victoria lo de la casa, pero siento que lo hice, sé que lo hice, tuve que haberlo hecho. Y luego de su abuela, ahí está Victoria, sentada lo mas cerca posible del ventanal semiabierto que da al fondo de la casa. Está posada en una silla enorme, sentada, con las rodillas elevadas hasta su pecho, abrazándose las piernas, con la mirada perdida en el fondo verde y soleado de vida, iluminado, encantado. A exactamente cuatro pasos de llegar a nuestro encuentro, ella hace un paneo con su mirada hasta llegar a mí, y abre sus brazos para recibirme en un abrazo y un beso, no sin antes decirme: "Gracias por venir", con un tono como asumiendo que ha sido para mi un sacrificio visitarla, como asumiendo que la decisión de ir a verla ha sido ardua y rendida, una decisión de rodillas al suelo, de cabeza agachada y mirada triste... pero no. ¿Cómo puede pensar eso? Si toda la historia del universo estuviera representada en la escala de un año, yo estaría siglos disfrutando del estar cerca de Victoria, estaría siglos simplemente mirándola, admirando semejante perfección, semejante belleza, semejante hermosura que es Victoria en sí, con sus labios finitos, que por alguna razón le dan un aire de cara de rata, la cual también es favorecida por sus dientes pequeños, y más aún cuando se ata el pelo. Hasta que conocí a Victoria, jamás había notado la belleza de las ratas. Victoria me recibe con un beso en la boca, como siempre. Pero me detengo a pensar, y empiezo a sospechar si Victoria alguna vez me había besado. ¿Victoria ya me había besado los labios antes, alguna vez? ¿Siquiera un mínimo roce de labios? Y me doy cuenta que Victoria, nunca, jamás, en toda mi vida, nunca en mis 20 años, nunca en dos décadas, en un quinto de siglo, nunca en 7300 días, Victoria jamás me había besado... hasta ese momento.
Lo he pensado mucho tiempo, lo he reflexionado hasta más adentro que las tripas, y es el día de hoy que aún no sé como pude haber siquiera respirado por primera vez en mi vida sin aquel beso de Victoria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario