-¡No! ¡No me acaricies ahora!- fue lo primero que pensé, y por pensar eso luego pensé más cosas. Como por ejemplo:
-¿Acabo de pedir que no me acaricie?-
-¿Estoy queriendo que ese placer divino (música de dermis) se silencie y viaje lejos?-
-¿Qué es lo que sucede?-
Y ahí me di cuenta. Estaba tan perdido leyendo. En realidad no leía, solo le prestaba atención a algo que me interesó. Al menos eso hacía hasta que comenzaste a acariciarme. Ay, ¡te maldije tanto! ¡De verdad me interesaba eso que no estaba leyendo, en serio quería prestarle atención! Pero ya no pude hacerlo. Porque no puedo negarte, no puedo dejarte afuera, no puedo no entrar a tu casa. Llegaste a buscarme, a reclamar mi compañía. Mi presencia es tu departamento, tu tiempo compartido.
Ya no pude más. Abandoné por completo ese punto que entretenía y tenía a mi atención. Ya no pude quedarme en él porque de repente llegaste tú a acariciarme, y cuando eso sucede, solo deseo dedicar cada impulso nervioso de mi mente a recibir, sentir, degustar y disfrutar tus caricias. Todo lo demás en este mundo queda después, nada más me importa hacer. Nunca pondré tus caricias en segundo plano. Siempre serán mi papel principal.