martes, 29 de agosto de 2017

Sumo

No había sucedido un solo beso
y mientras hablábamos
(vos llevabas la posta de la charla)
te interrumpí
para decirte que me encantabas.
Vos te reíste y me retrucaste
que "¿cómo puede ser?"
"No me conocés" me dijiste.
Para mi fue tan claro.
"¿Qué tiene que ver?
Eso no importa" te dije.
"Si te digo que me encantás,
es porque es así,
porque ya te inventé toda.
Vos me regalaste tu imagen,
y yo hice el resto.
De tus ojos
hice tu sospecha,
tu inconfundible sensación
de guardar algo más
detrás de ellos.
De tu boca
hice tus besos.
Los probé esa noche
para ver si me habían salido bien,
dudé,
y no volví a besarlos,
por si las dudas.
De tu pelo
hice un broche de abuela joven,
te lo colocaste en función de atártelo,
y así pareció mas corto,
tanto
que tuve que cortártelo
para que fuera cierto
y así combinara con tu ropa antigua.
De esas prendas
salieron tus ideas,
tu forma de ver el mundo,
la vida,
tu locura,
música,
películas
y libros.
Toda te hice en un segundo,
y vos callada,
me dijiste que no te conocía.
Yo te dije que eso no importaba
porque con lo demás
ya estaba hecho,
ya quería sentir el momento
de sumergirme
en semejante mujer construida.
Me tiré para ver si funcionabas bien,
dudé,
y no volví a hacerlo,
por si las dudas.
Pero me faltaba algo más,
algo que yo pudiera ver
pero no entender,
algo que pudiera ser
pero no crear.
Ya sabías caminar desde antes de todo,
y así nos llevaste hasta una parada de colectivo,
te pusiste los auris,
te pregunté que escuchabas,
me dijiste
"Sumo,
es una fiesta".
Ahí me di cuenta
que no te conocía,
que vos sabías algo que yo no,
que no me encantabas,
que yo me encantaba solo,
y supe que todo lo que había creado
me mantendría prisionero para siempre,
manteniendome vivo
a base del deseo
de besos
que jamás volvería a probar.

El cuento de la buena pipa

No es
no tenerte
lo que me mata,
no es
no llegarte
el problema,
no es
la añoranza
de lo que no es,
no es
eso.
Es este loop
de todas las veces
lo que me cansa,
esta revancha
siempre pendiente
que se posterga sola
cada vez que te vas.
Es esta manía
que tienen las cosas
de no salir,
y vos tan calma,
indiferente
frente a la idea
de no llegar
a encontrarnos nunca,
a mi
me aterra.
Es por eso
que te hablo desde el adiós,
desde la despedida,
para que nunca te olvides
de que por acá
anda dando vueltas
una parte tuya,
parecida
a un cuerpo de mujer
vestido con ropa de otras décadas,
parecida
a una boca de mujer
fumando un cigarrillo armado,
y un lunar.
Es este cuento de la buena pipa
lo que me apaga la mecha,
me vuelvo un niño caprichoso
cruzándome entre tus pasos
solo para que veas
que sé caminar,
y te hago mal,
y me hace mal,
y todo mal.
Es esta manía
que tienen las cosas
de fallar,
es este cuento de la buena pipa,
es esta carga
que llevo en mis hombros,
esta promesa incansable
que no quiere dejarme libre
de intentar sucederte algo,
de querer que veas algo.
Tengo que entender
que mirás desde otro lado,
y que este deseo
es como un puño a la pared.
Por eso te hablo desde el adiós,
por eso te hablo desde la despedida,
por eso
cada cosa que te escribo
parece
como que se despide doliendo,
pero duele lindo,
como un hasta siempre.
Porque aunque empiece a caminar
hacia esos destellos de luz,
yo ya sé
que al final,
yo ya sé
que ahí,
en el lugar más último de las circunstancias,
donde las cosas parecen que sí,
yo ya sé
que no.

Del daño

No te diste cuenta
del daño que hiciste
hasta que empezaste a dudar
de tus acciones.
Ni te enteraste,
hasta que cuestionaste
la existencia
del autocontrol.
Me quisiste enseñar
a través de la palabra
pero te olvidaste
que los maestros no hablan,
que los maestros hacen
con el ejemplo
para quien quiera verlo
y aprender.
No te diste cuenta
que aunque querías enseñarme algo,
lo único que me enseñaste
fue a ponerme la capucha,
a caminar mirando el piso,
y castigarme
por no estar a tu altura;
a guardarme.
Porque como verás,
yo no estoy terminado,
ni sé cómo ser,
simplemente
la voy piloteando
así:
siendo.
No te diste cuenta
del daño que hiciste,
hasta que entendiste
que para aprender a ser
no sirven las palabras,
sirven las acciones;
que para aprender a ser
no sirve el consejo,
sirve el ejemplo;
que para aprender a ser
no sirve fingir,
sirve ser lo que nace,
y confiar
en que los demás
ya aprendieron
y juzgarán por ser inevitable,
pero no le harán caso
a la voz incallable de la subjetividad,
porque quieran o no,
también están en la misma,
aprendiendo a ser
ya siendo.
Te preocupaste
por mi existencia
en el mundo
y dejaste de lado la tuya,
ya bastante deberías tener con eso
como para venir
a querer
hacer
mi tarea:
no te diste cuenta
del daño.
Que de mis cuentas
me encargo yo,
porque sino
no aprendo mas:
no te diste cuenta
del daño.
Que vivir en certezas
es como ahogarse
con tu propia baba
en un mar de caramelos.
No te diste cuenta
del daño
que hiciste
por querer hacerte cargo
del aprendizaje
de una vida ajena.

Diálogos

Te sentaste en frente mío,
y con los labios palpitando
un rojo francesa dorada,
ojos verdes elfa,
sonriente,
y con la mirada presa
de un estado alterado del sistema,
capturada en una facción oriental que,
por momentos,
se distingue
de entre toda tu maraña de belleza,
pedazo de fotografía
lo análogo de tu rostro,
te sentaste en frente mío
y me dijiste algo,
y yo,
que convivo
con el constante anhelo de tus palabras,
no te dí mucha bola.
Quizás por miedo
a que las mías
no fueran las justas,
a que mis gestos
no fueran los exactos,
a que la causa de tu atención
se aburriera de mí.
Es que sos una avalancha de inexistencia,
te alimenté
de creencias y virtudes sin fundamento,
y ahora sos una luz con mente propia,
como una diosa del olimpo
que le cabe el churro y la música piola,
que me mira, me sonríe, me habla,
y yo,
que solo pienso en comerle la boca,
no le presté atención
a lo que salía de ella.
Ahora que ese momento
ya es película,
no recuerdo
ni tu diálogo ni el mío.
Pensé en hablarte
y preguntarte qué fue,
pero no sé como te lo vas a tomar,
no sé qué onda vos,
no sé qué onda,
no sé.
Pensé en decirte
que entre el ruido
y la vorágine propia
de las cosas sucediendo,
no entendí bien lo que decías,
ni registro tuve de mi contesto,
como tampoco voluntad,
razón del diálogo de hoy.
Pensé en hablarte
y preguntarte
¿qué dijiste?
¿para qué?
¿con qué fin?
¿cuál era tu final ideal de esto
entre todas las posibilidades?
¿con qué dulce rellenaste esas frases?
¿a qué sabían esas palabras
que enviaste y no llegaron?
Pensé en hablarte
y decirte de ir,
que vengas,
que nos vayamos,
pensé en decirte todo.
Quiero llamarte y pedirte perdón,
pero ¿perdón por qué?,
¿por qué a vos?,
si no tuviste nada que ver,
si dentro de tu mugre
jugaste limpio,
si me pasaste a buscar
y yo no estaba
por haber estado buscando
algo para regalarte
cuando llegaras a buscarme.
No sé qué me habrás dicho
pero si algo entendí
es que algo querías,
es que algo buscabas,
y que si el perdón me lo debe alguien,
ese alguien
soy yo.