No te diste cuenta
del daño que hiciste
hasta que empezaste a dudar
de tus acciones.
Ni te enteraste,
hasta que cuestionaste
la existencia
del autocontrol.
Me quisiste enseñar
a través de la palabra
pero te olvidaste
que los maestros no hablan,
que los maestros hacen
con el ejemplo
para quien quiera verlo
y aprender.
No te diste cuenta
que aunque querías enseñarme algo,
lo único que me enseñaste
fue a ponerme la capucha,
a caminar mirando el piso,
y castigarme
por no estar a tu altura;
a guardarme.
Porque como verás,
yo no estoy terminado,
ni sé cómo ser,
simplemente
la voy piloteando
así:
siendo.
No te diste cuenta
del daño que hiciste,
hasta que entendiste
que para aprender a ser
no sirven las palabras,
sirven las acciones;
que para aprender a ser
no sirve el consejo,
sirve el ejemplo;
que para aprender a ser
no sirve fingir,
sirve ser lo que nace,
y confiar
en que los demás
ya aprendieron
y juzgarán por ser inevitable,
pero no le harán caso
a la voz incallable de la subjetividad,
porque quieran o no,
también están en la misma,
aprendiendo a ser
ya siendo.
Te preocupaste
por mi existencia
en el mundo
y dejaste de lado la tuya,
ya bastante deberías tener con eso
como para venir
a querer
hacer
mi tarea:
no te diste cuenta
del daño.
Que de mis cuentas
me encargo yo,
porque sino
no aprendo mas:
no te diste cuenta
del daño.
Que vivir en certezas
es como ahogarse
con tu propia baba
en un mar de caramelos.
No te diste cuenta
del daño
que hiciste
por querer hacerte cargo
del aprendizaje
de una vida ajena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario