lunes, 31 de octubre de 2016

Martín

En ese momento, era Martín. Nadie más que Martín quería yo ser. Mi vida, mi espejo, mi cuerpo hubiera dado por ser Martín. Todo era silencio cuando él cantaba. Martín era el momento mismo. Nada más, nada menos. Martín no necesitaba nada. Sonreía y no se daba cuenta. Era feliz y no se percataba, por eso era feliz. De repente, me di cuenta... ¡yo era Martín! Estaba ahí, en lo alto de la tarima invisible, del razonamiento inexistente, de la angustia emitida. Explotaba de energía, salía como un volcán de pompas de jabón por mi garganta, la inundaba, poder puro. Me sentía vivo, parte de todo. Estaba donde tenía que estar. Si de todos los tiempos y lugares, hubiera solo uno en el que yo debiera estar para mantener el orden universal del cosmos, ese sería el lugar. Era mi ser, en toda su liberación. Y todos iban de la mano, de mi mano. Una mano que iba con las de ellos, éramos uno. Era Martín, era él. Y Martín, en ese momento, era la felicidad hecha cuerpo.

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