Creo en Dios.
Creo en Dios porque no sé si existe, pero tampoco sé si no existe.
Creo en Dios porque la vida es un misterio demasiado bien guionado.
Creo en Dios porque en el caos de la existencia, parecería haber un orden intrínseco. Todo ha sucedido demasiado bien acomodado para llegar hoy hasta aquí.
Creo en Dios porque todo sucede por algo, porque hay casualidades demasiado sospechosas, muy bien armadas. Como cruzarse justo con esa persona en la calle, justo en ese momento, ¿por qué?
Creo en Dios porque no hay mal que por bien no venga, porque yo no sé por qué sigo vivo cada mañana, porque no sé si despertaré al otro día cuando me voy a dormir.
Creo en Dios porque sigo respirando, porque nunca me falta la comida, ni la palabra amiga, ni alguien que escuche mis penas y me abrace.
Creo en Dios porque el dolor ha sido medicina, y lo que parecían tragedias se volvieron regalos. Porque las pérdidas se volvieron ganancias.
Creo en Dios porque las cosas más lindas de mi vida han sucedido sin planearlas en absoluto.
Creo en Dios por la belleza de las flores, por la sinfonía del día y el silencio de la noche.
Creo en Dios por la danza de las galaxias, por el matrimonio de la tierra y el sol.
Creo en Dios porque creo en la vida, en la sensualidad y en la mirada.
Creo en Dios porque creo en la locura.
Creo en Dios porque quizás mañana no crea.
Creo en Dios porque creo en la muerte, porque ya he muerto varias veces para renacer en otro yo. Creo en Dios porque sé que, mientras viva, seguiré muriendo.
Creo en Dios porque todo está siempre yéndose, y todo está siempre llegando. Creo en Dios porque yo estoy en el medio, viendo pasar el tiempo, viendo crecer las plantas, viendo marchitarse el fruto, para entregar su semilla a la tierra, y volver a nacer. Creo en Dios porque creo en la esperanza de una luz que nunca se apaga, que espera eternamente su momento.
Una luz que, cuando todo está en el oscuro más profundo, se revela.
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