y hay que saber estar triste.
Hay que aprender a sufrir,
y no tenerle miedo al dolor.
No existe luz sin oscuridad,
y aunque pinta muy hermoso
un mundo de pura luz,
no es verdadero.
Quiero conocer la vida,
y si quiero conocer la vida,
habré de conocerla con todos sus colores,
con todos sus costados,
con todas sus aguas.
Estoy aprendiendo a sentir lo que venga,
a aceptar el camino del corazón,
cuando dice sí, y cuando dice no.
Aunque no lo entienda,
aunque vaya en contra de lo que pienso que soy,
aunque vaya en contra de mis expectativas y deseos.
Estoy aprendiendo a habitar la tristeza,
el azul profundo,
y a cosechar sus frutos.
Hay partes de mí que solo puedo conocer ahí, en la noche, en la oscuridad, en la soledad de mi silencio, en el canto mudo del misterio.
Me estoy rindiendo, soltando el control, entregándole mi destino a Dios, siempre agradecido, por el alimento y el agua, la tierra y el aire, el abrigo, la cama, la casa. Por las amistades y las señales, las extrañas vueltas de la vida que nos llevan de aquí para allá.
Lo que ayer era, hoy ya no es. Lo que ayer me gustaba, hoy ya no. Lo que ayer pensaba que quería, hoy lo suelto.
Quiero habitar el vacío, el no querer ni esperar nada, recibir lo que venga, dar lo mejor: honestidad auténtica, transparencia, verdad. Virtud y bondad.
Voy aprendiendo a caminar por un sendero que han dejado marcado, por huellas que están ocultas bajo el polvo de la tierra.
Voy soltando todo, con esperanza hacia adelante, aprendiendo a morir cada capa de mi ser que se cae, cada personaje que se desarma, cada idea perecedera de mí mismo.
Ahí voy, cada vez más cerca de mí.
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