"¡Todo, les he contado todo! Llegué a casa y les he contado. Les conté sobre esos enormes yacimientos interminables de agua, esos yacimientos que no puedes ver dónde terminan: los mares. Les conté de esas rocas gigantes con pastizales que se mezclan con el cielo como si estuviesen hechos el uno para el otro: las montañas. Les conté de esos lugares de los que uno nunca quiere irse, esos que me mostraste vos. Les conté sobre la sensación de estar bajo el agua, y flotar, y nadar, y flotar, y nadar. También sobre la sensación de tirarse en el pasto a ver el cielo. Sobre la sensación de respirar profunnnnnndo y largar el aire. Les conté de las casualidades, de que no hay manera de explicarlas y que algunas llegan a ser tan maravillosas como la vida misma. Les conté de la arena que acompaña al mar y de esa increíble escena cuando el sol ya se está yendo y se pone todo naranja. Al principio no me creían. No me creían que solo por un color uno sintiera algo parecido a la felicidad. Un color: naranja. Les conté como solo se necesita un color y ya. Y como podemos verlo todos los días. Les conté del sol. Les conté que todos y cada uno de los días aparece, nunca falta, pero nunca eh. Es una promesa eterna de que siempre aparecerá. Cuando se hace de noche se va y no saben si volverá a iluminarlos o si esta vez se ha ido para siempre. ¿Cómo tienen la certeza de que cuando se va, al otro día volverá? Todos los días sale el sol. Nos enojemos con él, nos pongamos tristes por su culpa, nos caigamos, nos lastimemos, nos perdamos y le digamos que no vuelva más, que nos deje solos, siempre vuelve. A veces trae nubes, para no sentirse tan solo, pero a veces trae tantas que ni lo podés ver, en sus días de timidez. Y aún así, no me creen. No me creen que sea verdad, que ustedes cuenten con eso, y que nada pueda cambiarlo. Todo, les he contado todo, pero aun así, no logran creer que absolutamente todos pero todos los días, pase lo que pase, el sol vuelve a salir. Siempre vuelve a salir.”
lunes, 15 de agosto de 2016
Llegó el extranjero al planeta
Llegó el extranjero al planeta. Me encontró moviendo la tierra con un sombrero de paja en la cabeza y unos tirantes de jean, arropado por el atardecer. No sé si cayó de arriba, si surgió de abajo o si apareció simplemente, pero ahí estaba. Y sí que estaba, de todo dudaba, todo cuestionaba. Me preguntó y yo le contesté, le conté, le mostré. Lo llevé a las montañas, a los pastizales. Y luego vinimos a la playa. Lo llevé al mar, se sumergió, flotaba y nadaba. Hasta que llegó el atardecer. Si hubieran visto el atardecer resplandecer en sus ojos. Y de repente me miró, y yo asentí, entendiéndolo. Él colocó su mano en su pecho y brotaron un par de lágrimas de sus ojos. El sol se fue y cayó la noche, y todo cambió. Me preguntó qué había sucedido, y yo le expliqué que el sol se había ido. Y ahí se puso a llorar, nervioso, preocupado, triste, corría de un lado a otro buscando respuesta. "¡¿A dónde fue?! ¿Por qué se fue así sin más? ¿No podía quedarse? ¡No quería que se fuera!". Lo tranquilicé, le hice esperar, y esperamos, sentados en la arena. Estuvo triste toda la noche. De repente, el color naranja se empezó a asomar de nuevo. Sus ojos no podían creer lo que veía: el sol había vuelto. "¡Está volviendo!", "Sí" le dije, "el sol siempre vuelve”. Y se fue de regreso. Tiempo después recibí sus cartas. Ahí él me contaba, me mostraba. Me decía, entusiasmado, que les había contado a todos:
"¡Todo, les he contado todo! Llegué a casa y les he contado. Les conté sobre esos enormes yacimientos interminables de agua, esos yacimientos que no puedes ver dónde terminan: los mares. Les conté de esas rocas gigantes con pastizales que se mezclan con el cielo como si estuviesen hechos el uno para el otro: las montañas. Les conté de esos lugares de los que uno nunca quiere irse, esos que me mostraste vos. Les conté sobre la sensación de estar bajo el agua, y flotar, y nadar, y flotar, y nadar. También sobre la sensación de tirarse en el pasto a ver el cielo. Sobre la sensación de respirar profunnnnnndo y largar el aire. Les conté de las casualidades, de que no hay manera de explicarlas y que algunas llegan a ser tan maravillosas como la vida misma. Les conté de la arena que acompaña al mar y de esa increíble escena cuando el sol ya se está yendo y se pone todo naranja. Al principio no me creían. No me creían que solo por un color uno sintiera algo parecido a la felicidad. Un color: naranja. Les conté como solo se necesita un color y ya. Y como podemos verlo todos los días. Les conté del sol. Les conté que todos y cada uno de los días aparece, nunca falta, pero nunca eh. Es una promesa eterna de que siempre aparecerá. Cuando se hace de noche se va y no saben si volverá a iluminarlos o si esta vez se ha ido para siempre. ¿Cómo tienen la certeza de que cuando se va, al otro día volverá? Todos los días sale el sol. Nos enojemos con él, nos pongamos tristes por su culpa, nos caigamos, nos lastimemos, nos perdamos y le digamos que no vuelva más, que nos deje solos, siempre vuelve. A veces trae nubes, para no sentirse tan solo, pero a veces trae tantas que ni lo podés ver, en sus días de timidez. Y aún así, no me creen. No me creen que sea verdad, que ustedes cuenten con eso, y que nada pueda cambiarlo. Todo, les he contado todo, pero aun así, no logran creer que absolutamente todos pero todos los días, pase lo que pase, el sol vuelve a salir. Siempre vuelve a salir.”
"¡Todo, les he contado todo! Llegué a casa y les he contado. Les conté sobre esos enormes yacimientos interminables de agua, esos yacimientos que no puedes ver dónde terminan: los mares. Les conté de esas rocas gigantes con pastizales que se mezclan con el cielo como si estuviesen hechos el uno para el otro: las montañas. Les conté de esos lugares de los que uno nunca quiere irse, esos que me mostraste vos. Les conté sobre la sensación de estar bajo el agua, y flotar, y nadar, y flotar, y nadar. También sobre la sensación de tirarse en el pasto a ver el cielo. Sobre la sensación de respirar profunnnnnndo y largar el aire. Les conté de las casualidades, de que no hay manera de explicarlas y que algunas llegan a ser tan maravillosas como la vida misma. Les conté de la arena que acompaña al mar y de esa increíble escena cuando el sol ya se está yendo y se pone todo naranja. Al principio no me creían. No me creían que solo por un color uno sintiera algo parecido a la felicidad. Un color: naranja. Les conté como solo se necesita un color y ya. Y como podemos verlo todos los días. Les conté del sol. Les conté que todos y cada uno de los días aparece, nunca falta, pero nunca eh. Es una promesa eterna de que siempre aparecerá. Cuando se hace de noche se va y no saben si volverá a iluminarlos o si esta vez se ha ido para siempre. ¿Cómo tienen la certeza de que cuando se va, al otro día volverá? Todos los días sale el sol. Nos enojemos con él, nos pongamos tristes por su culpa, nos caigamos, nos lastimemos, nos perdamos y le digamos que no vuelva más, que nos deje solos, siempre vuelve. A veces trae nubes, para no sentirse tan solo, pero a veces trae tantas que ni lo podés ver, en sus días de timidez. Y aún así, no me creen. No me creen que sea verdad, que ustedes cuenten con eso, y que nada pueda cambiarlo. Todo, les he contado todo, pero aun así, no logran creer que absolutamente todos pero todos los días, pase lo que pase, el sol vuelve a salir. Siempre vuelve a salir.”
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario