lunes, 22 de agosto de 2016

La teoría de la ardilla

Yo existo. Ustedes existen. Nosotros existimos. Bueno… creo que existo, creo que existen, creo que existimos. Todos dudamos de eso alguna vez, pero una cosa es segura: si en verdad existimos, también es verdad que gastamos gran parte de nuestra existencia estando preocupados por algo. Primero el colegio, luego el qué dirán, luego tu sexualidad, luego tus gustos, luego la facultad, luego el trabajo, luego tus padres, el dinero, tu vida. Es muy raro pensar en el sentido que acabamos de darle a la palabra “vida”. Metida en ese contexto de dinero y trabajo, la sonoridad de “vida” hace referencia a tu vida en el sistema, a tu propio laburo para poder mantenerte solo, a tu propio coche, a tu propia casa, a tu televisión, tu traje y tu corbata. Entonces, si realmente existimos, ¿es esa la vida en la que venimos a existir? Vivimos en casas (mucho más grandes que nosotros, vale aclarar), que están en una manzana (mucho más grande que nuestra casa), que está en un barrio, en una ciudad, en una provincia, en un país, en un continente, en un hemisferio, en un planeta, en un sistema solar, en una galaxia, en un cúmulo de galaxias, en un cúmulo de cúmulos de galaxias (mucho, pero mucho más grande que vos y que tu casa). Si existimos, la verdad es que lo hacemos muy poco: no somos nada. Si nosotros existimos, entonces ¿qué les queda a las galaxias? ¿Super existir? No. Nosotros existimos, poquito, pero lo hacemos. ¡Preocupados! Pero lo hacemos.
Todo empezó con una almohada. Una habitación, mi hermano y yo, una cama de dos plazas, una tele, unas cortinas, una ventana. Mi hermano toma la almohada y la tira al suelo. Luego me dice: “¿ves? Si mamá estuviese acá me diría: -¿Qué haces Ignacio? Levantá la almohada del suelo, no la tires” como si el hecho de que la almohada estuviera en el suelo produjera algún tipo de diferencia… en nuestro planeta, en nuestra galaxia, en nuestro cúmulo de galaxias. La almohada en el piso, ¿y? ¿Cuál es el problema? No se murió nadie, no se arruinó nada. ¿Qué es lo que tanto hay que solucionar? La almohada está en el piso, y no pasa nada. Nunca pasa nada. Mi hermano tira la almohada al piso y no sucede nada más. Solo una almohada en el piso. Entonces, ¿qué tal si llevamos ese ejemplo a un plano más alto? Desarmo toda la cama de la habitación. Le saco la frazada, la sábana y el elástico. Hago un bollo con todo y lo tiro en el piso. Miento, en realidad, lo revoleo por el aire y que caiga donde caiga. Si, desarmé la cama, las sábanas están todas tiradas por la habitación y la cama hecha un desastre… ¿y? Entonces rompo un vidrio, rompo la ventana de la habitación, la hago pedazos lanzándole una silla. La ventana estalla en pedazos de vidrio incontables y caen para todos lados. Rompo el vidrio del espejo, tiro la televisión al piso, hago pis por la ventana previamente rota, la cual ahora es solo un agujero en una pared, escribo con aerosol las paredes de la habitación… ¿y? ¿Cuál es el problema? ¿Acaso cambió algo? En nuestro planeta, en nuestra galaxia, en nuestro cúmulo de galaxias. Nada. Todo supuesto desastre que acaba de acontecer, no desató prácticamente nada en ninguna parte. Y pienso en mi madre, preocupada por la ventana rota, casi a los gritos por mi locura, preocupada por la cama desplumada, las paredes grafiteadas, el televisor estallado y muerto en el piso. Después de todo eso, pienso, entonces ¿qué sucede si dejo el colegio, si dejo la universidad, si nunca trabajo, si termino en la calle, si no tengo plata, si no tengo familia, si me suicido, si me muero? Y la verdad es que no sucede nada. Nuestros problemas (si se pueden llamar así) no son nada, no importan nada, no cambian nada, no mueven nada, no son absolutamente NADA. Y nosotros preocupados. De repente me doy cuenta que la vida no tiene sentido. Me doy cuenta de que vivimos en un juego de cumplir responsabilidades y objetivos fantasmas que no existen ni aquí ni en ningún lado. Me doy cuenta de que todo es en vano, que nada importa, que no afectamos en nada a nada en absoluto. Pienso en dejar el colegio, pienso en dejar la universidad, pienso en dejar el trabajo, pienso en abandonarlo todo. Pienso en suicidarme (realmente lo hago), si total, mi vida no es nada, en nuestro planeta, en nuestra galaxia, en nuestro cúmulo de galaxias. Y en ese momento, veo a la ardilla. Una ardilla que no existe ni existió pero la veo. La ardilla está en su rueda, corriendo, y cada tanto se detiene. La ardilla corre en su rueda y cuando se detiene, se cae, porque la rueda viene girando muy rápido y no puede mantenerse en pie si no corre en esta rueda que gira. Y me vi a mí, los vi a ustedes, nos vi a nosotros. Nosotros, que no sabemos siquiera si existimos, pero aun así corremos. Ahí está mi respuesta momentánea, provisoria, caducante. Vivimos en un sistema, en un planeta que funciona de cierta manera, vivimos en una vida ya planeada, una realidad ya diseñada. Podemos cambiarla, si, pero realidad al fin. Una realidad que no es igual para nadie. Yo, en este momento, el “yo” que yo conozco, no existe más que en mí. En ustedes, solo existe su percepción de mí, como ninguno de ustedes de verdad existe en mi realidad, solo las percepciones de ustedes que yo tengo. Jamás podré ver a través de sus ojos. Jamás conoceré su universo, su mundo, su realidad. Y ustedes jamás la mía. Nada existe de verdad, porque todo existe. Nuestra vida es nuestra rueda. Mi solución provisoria es la siguiente: utilizar el sistema. Si nuestra existencia dudosa no es absolutamente nada en nuestro cúmulo de galaxias, ¿qué nos queda más que ser felices? No podemos preocuparnos por nada más. La rueda siempre va a seguir girando, y el que no corre, lamentablemente se cae. Pero lo que tenemos que hacer es correr por algo, no correr en vano. Y correr por algo que realmente valga la pena (una pena también inexistente). Debemos de correr para ser felices. Pero no correr hacia la felicidad, sino ser felices mientras corremos. ¿Hacia dónde? Hacia ningún lado, no hay nada al otro lado del túnel. Todo lo que hay es el trayecto. Correr por nuestros amigos, correr por nuestra familia, correr por esos momentos de sol al aire libre con una guitarra y tus hermanos de vida. Correr por tus abuelos, correr por tus tíos, correr por vos. Cito a Sebastián De Caro, que habla de “robar el mundo”: “La felicidad la tenemos en la mano, desde el día en que nacemos, todos. No hay un medidor de felicidad que haga presumir que Mick Jagger, cuando toca en River, es más feliz que nosotros ahora. No es que nos está esperando una felicidad consagrada que tienen los grandes, los millonarios, los dueños del mundo. Todos padecemos y todos somos felices por momentos.” Eso es lo que hay que hacer. Esta rueda es mía, aprópiense de su rueda. Vivan el momento, el ahora, porque es lo único que existe, no hay nada más, nunca lo hubo, nunca lo habrá. Si nos hicieron gastar 12 años de nuestra vida en la escuela, usémoslos para aprender, para criticarla, para sabotearla, para cambiarla, para crecer, para conocer gente, gente que posiblemente quede para siempre dando vueltas por nuestro cuerpo. Si para comer es necesario plata, si para viajar es necesario plata, si para TODO es necesario plata, trabajemos. Pero no trabajemos por la plata en sí, no juntemos plata por juntar plata. Robémonos el mundo, trabajemos por esa pizza con tus amigos, trabajemos por ese viaje al sur, trabajemos por esa guitarra, por esa bicicleta. Trabajemos para sabotear el sistema. Trabajemos por la plata que nos mantiene corriendo en la rueda y disfrutemos cada instante de estadía en ella lo más que podamos, como si fuera el último, como si fuéramos los reyes del mundo que verdaderamente somos en el mundo de cada uno. Gocemos cada momento, cada paso en la rueda, cada preciso segundo, cada partícula de aire absorbida. Nada importa al fin y al cabo, ni la almohada, ni la cama, ni la ventana. Pero no rompas la ventana, admirala. No tires la almohada porque tu mamá se pone mal porque estás haciendo lío, y vos lo que más querés es que tu mamá sea feliz. Hace cosas para que tu mamá sea feliz, hacele bien. No desarmes la cama (tampoco la armes, no sirve de nada). Cito a Pierre Schäeffer: “Un torrente de luz nos lanzó hasta este sitio en que vivimos. Eso es ya algo extraordinario, aún a pesar de lo poco que alcancemos a comprender... ¡Queda tanto por hacer!” Seamos el amigo del espejo, seamos los dueños del mundo, seamos los autores de lo que vaya a suceder en cada segundo de nuestras vidas, sin obstruir a la casualidad, a las cosas inesperadas y a las coincidencias. Seamos la causa y el efecto. Demos por dar, causemos la felicidad en los demás, seamos agradecidos. Sepamos que cada segundo en este extraño lugar en el que terminamos es un suceso espectacular, y que tarde o temprano se acaba. No te tires de la rueda, no saltes. La rueda sigue girando, y correr en ella es una aventura extraordinaria. No te la pierdas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario