miércoles, 19 de abril de 2017

Bostezo

Yo, sentado.
Él, sentado.
Yo, lo miro.
Él, me mira.
Yo, a sus ojos
Él, a mis ojos
Y, de repente,
él, bosteza.
Y una nube cósmica nace desde mi estómago.
Mis baldozas de piel
tiemblan
cuales placas tectónicas,
igual que mis piernas
totalmente rendidas
ante su poder dominante
del temblor de mis extremidades
y de mis nervios ascendentes
imposibles de condimentar,
cortar,
rebajar.
Es inevitable pensar
lo inevitable que es
el efecto de lo inevitable
y aun así
trato de frenarlo,
pero caigo por un tobogán naranja
hacia la arenilla rasposa de rodillas.
¿A quién querés engañar?
Sabés que viene a por vos,
sabés que es imprable
y que en las fronteras de tu mente
no piden documento,
sus aduaneros son ebrios asquerosos,
o ebrios felices
que solo quieren volver a casa,
a la misma casa que ayer,
y saben
que intentar frenar
un sentimiento de tal porte
sería un esfuerzo tan en vano
como buscar certezas.
Entendiendo esto,
y sonriendo al asumirlo,
dejo que la bestia se apodere de mi.
Sube por mi espalda,
escala por mi nuca,
efervece por mi garganta
y se infla
como un globo de aire caliente,
globo soñador,
globo adormecedor,
globo almohada.
Me suelto,
me relajo,
y tranquilo,
bostezo yo también.

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