lunes, 6 de febrero de 2017

De ventanas, puertas y llaves

Cuando se cierra la puerta
la ventana no se abre
porque no hay tal ventana.
Son cuatro paredes,
una puerta
y un pibe sentado en el medio del cuarto
con un manojo de llaves en la mano.
El humo parece ser la única atmósfera que alguna vez existió,
y él parece ser la única persona que alguna vez nació.
El manojo de llaves no es solo un manojo:
es una herramienta,
una opción,
una pregunta,
una elección.
La puerta ya ni recuerda cómo era ser abierta,
ni se acuerda que sentía cuando le metían la llave
para transformarla en un pasaje hacia un más allá,
hacia un después.
Ni recuerda cómo era ser lubricada,
antioxidada,
doblevecuarentizada,
reforzada,
penetrada por una contraseña de metal
y patitas que no giran
pero hacen girar.
Ella sigue cerrada
y el muchacho sigue teniendo el manojo,
y en el manojo
la llave que abre
entre muchas de miles de llaves,
y se levanta entre el humo,
y se acerca a la puerta
buscando entre las posibles claves
la llave correcta,
la llave que sirva,
la llave que tenga forma de moral,
forma de respuesta,
forma de fórmula,
fórmula de forma,
la llave que lo lleve a la puerta,
a buen puerto,
a puerto de puerta,
a Puerto Patriada,
y no lo haga sufrir más,
la llave que abra ventanas,
la llave que está ahí y no encuentra,
la llave que deje de ser llave
y se vuelva candado,
colgante,
un collar que le recuerde
que esa puerta puede abrirse
porque ya ha sido abierta.
Pero se detiene,
se vuelve,
y abandona el manojo millonésico de llaves.
La puerta seguirá sin ser abierta
porque este pibe nunca pudo
y ya hace tiempo
que dejó de intentar.

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