Pensadores andantes del mundo de los muertos,
mi casa está acá a la vuelta,
pueden venir a cenar un día,
o cenarse una semana,
o mi vida entera.
Esta sensación vital esquizofrénica es como tener un cubo rubick metido en el ojete y no podérselo sacar. Y cuando sentís que lo estás sacando de a poquito, lo que en realidad sucede, es que lo estás metiendo cada vez más adentro. Porque te gusta, porque te duele, porque te gusta que te duela, y si sos hombre, te gusta más, porque te sentís la mujer que nunca vas a ser, pero una parte de vos ya lo es, lo ha sido siempre, y eso es hermoso.
Ellos, mis maestros, ven todos las mismas cosas. Sienten los mismos colores, colores que yo no puedo ver. Porque mis ojos están escupidos vaya yo a lograr saber de qué clase de veneno, de dónde, de cuándo, de quién, y si me pinta la curiosidad repentina, también de cómo.
Ellos, mis maestros, han venido de otro lugar.
Han nacido en otra tierra.
Ellos, mis maestros, saben algo que yo no.
Y escuchando música, cae la moneda, y me hace masajes dorados, que descontracturan pero contracturan, que desarman pero arman, pilares, y pilares de cuestionamientos, de incógnitas, de incongruencias, de faltas de sentido, de curiosidades, de preguntas, preguntas y preguntas. Y es ahí cuando me siento vivo y muerto, o loco y cuerdo, de repente me acuerdo, de la primera vez que pensé en Michi. Y ellos, mis maestros, saben algo que yo no y siguen avanzando, mientras yo cabalgo mi incesante tortuga, que quiere pero (pobre) no puede, y teme que no podrá nunca,
pero incesante seguro,
incesante siempre,
incesante mi duda,
incesante mi miedo,
incesante mi consciente acting,
por ende,
incesante estar hoy aquí,
incesante dar el presente,
incesante el aún dar más,
incesante el amor al acting
falso,
pero siempre
incesante
este momento,
que ya es pasado,
pero ahora,
para estos ojos
que miran,
apuntan
y disparan
esto no es más
que un descargo canábico
que finge ser
mi remedio inútil.
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